Mujeres Rurales y Agroecología. Una alianza estratégica de cara al futuro

“No soy esclava ni soy objeto para que hagan de mí lo que quieran.
No tengo dueño ni soy propiedad. Yo quiero libertad, que me dejen ser mujer”
(VI Marcha “Por la vida de las mujeres y por la agroecología”)
Los 10000 años de experiencia humana en alimentarnos es una experiencia de las mujeres.
(Vandana Shiva)

Las mujeres son las alimentadoras de la humanidad por antonomasia.

Sin contar el fundamental período de lactancia, entre el 85 y el 90 por ciento del tiempo total que se dedica en los hogares a la preparación de comidas está a cargo de las mujeres, quienes generalmente por tradición o por decisión comen últimas o están dispuestas a sacrificar su consumo de alimentos en pos de sus familias.

En los países en desarrollo, el 79 por ciento de las mujeres económicamente activas pasan sus horas de trabajo produciendo alimentos, y específicamente son ellas las que producen entre el 60 y el 80 por ciento de los mismos y la mitad de los de todo el mundo.

Si bien aparece indiscutible el rol que les cabe a las mujeres en la lucha contra el hambre,  paradojalmente ellas son el 70 por ciento de los pobres y con las niñas representan el 60% de las personas con hambre crónica.

Por su parte, las mujeres rurales constituyen casi la mitad de la mano de obra agrícola, porcentaje que va “in crescendo” en los países en desarrollo, donde se está produciendo una feminización de la agricultura,  ya que cada vez más mujeres están al frente de sus familias y de las tareas rurales,  porque los hombres emigran a las urbes en busca de mejor sustento.

En todos los casos las agricultoras -en relación a los hombres- poseen menos tierra y prácticamente carecen de acceso a los recursos productivos y financieros, capacitación y participación en la toma de decisiones. Sin embargo se estima que si solamente se eliminaran estas disparidades y se confiaran más recursos a las mujeres rurales, se podría reducir entre 100 y 150 millones el número de personas que sufren hambre en el mundo.

Por lo tanto, tal como se ha puesto de manifiesto desde Naciones Unidas, si se tiene en cuenta que el 76 por ciento de la población que vive en la extrema pobreza se encuentra en zonas rurales, garantizar el acceso de las mujeres rurales a recursos agrícolas productivos empodera a las mujeres y contribuye a reducir el hambre y la pobreza en el mundo.

A 20 años de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, estos enunciados han ido encontrando una interrelación cada vez más fuerte con otros problemas que preocupan al mundo, como un principio de solución a los mismos.

Hoy no sólo se identifica a las mujeres rurales como colaboradoras decisivas en la lucha contra el hambre y la pobreza, sino como guardianas de la biodiversidad, todo lo cual incide de manera directa en la mitigación del Cambio Climático que padece nuestro planeta a causa de un modelo de desarrollo claramente cuestionado.

En este punto, va de suyo que la agroecología es un motor de cambio altamente positivo teniendo como norte los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Es en este nuevo camino para mejorar las vidas de las personas en todas partes, que una alianza estratégica de las mujeres rurales y la agroecología, constituye un nuevo paradigma que no sólo tiene como meta erradicar el hambre del mundo, sino la efectiva realización del Derecho a la Alimentación Adecuada y Saludable, con el debido cuidado de la salud, de los recursos naturales y del hábitat.

Las mujeres rurales construyen agroecología como sus madres y abuelas la practicaban, inclusive sin saberlo. Fue la resistencia de estas mujeres la que garantizó la existencia de diversidad de semillas y su resiliencia es la que hoy hace que superen todas las expectativas por sus criterios como alimentantes: no hay forma que vean en el alimento sólo una mercancía, lo que valoran por sobre todas las cosas que sus familias coman bien, sin venenos, que sus hijos se nutran, en definitiva los alimentos sean eso: alimentos, por ende saludables y nutritivos.

Por esta razón el feminismo dialoga con la agroecología y entiende que no se puede construir la agroecología con desigualdad de género. Es más, si se estamos convencidos que queremos erradicar el hambre y la desnutrición para el 2030, debemos comprender que sólo se podrá lograr siempre y cuando a las mujeres se les reconozcan sus derechos y particularmente se revalorice el status de las mujeres rurales, elevándolo ante la evidencia del importante rol que juegan en la alimentación, la agricultura, la nutrición y la seguridad alimentaria.

En tanto el monocultivo y la “revolución verde” expulsa a las mujeres del campo, la agroecología las reconoce como agricultoras que manejan la naturaleza de manera sustentable y desarrollan experiencias que deben ser valoradas, difundidas y apoyadas.

Para ello se torna necesario que los Estados asuman el desafío de alcanzar el modelo de desarrollo sustentable que exige la hora, por el bienestar de sus pueblos y del planeta y que para lograr tales objetivos identifique a la mujer rural como una aliada imprescindible a tal fin, para lo cual es preciso hacer real y efectiva la garantía del derecho de las mujeres a la plena participación en la vida social y política en sus comunidades así como el acceso a la tierra, al agua, a las semillas y a las condiciones de producción con autonomía y libertad.

Es mucho lo que está en juego, las mujeres rurales lo saben, por eso ellas ya nos están marcando el rumbo.

*Por Liliana Parada, Diputada Nacional m.c.

Consejera Consultiva del Frente Parlamentario contra el Hambre de América Latina y el Caribe
(Iniciativa América Latina y El Caribe sin Hambre – FAO/ONU)

Presidenta de la Fundación Más Derechos por Más Dignidad

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